CRÍTICA  

LA PINTURA DE OSCAR PANTOJA EN DIALOGO CON  LA ETERNIDAD

La idea fascinante y arcaica del palimpsesto, como forma inmemorial de expresión, infinitamente renaciente e inconclusa, emerge con su mayor densidad y en todo su vertiginoso espesor, como arrastrada por la fuerza incontenible de una fijación obsesiva y contagiosa, en la pintura de Oscar Pantoja. Pintura de vastos silencios, de voces muy lejanas en la que aparecen como espejismos los ecos remotos de un pasado que permanece viviente en nuestro mundo. El artista, en la soledad de sus sueños, sigue los rastros borrosos y casi extinguidos que va dejando, en las cumbres y en las minas de ciudades antiguas, el paso lentísimo de la eternidad.

Pantoja vuelve a cubrir con sus pinturas otros viejos signos desteñidos por el tiempo, que a su vez habían sido trazados sobre anteriores figuraciones y escrituras, reescritas encima de otras precedentes, que se van transparentando en imágenes superpuestas, con infinitos sentimientos. Es la pintura que, escapándose de sus autores, se va repintando a si misma a perpetuidad. Así, la obra de Pantoja emerge de una larga sedimentación visual y anímica, de la cual parte el artista para, como lo señalara Carlos Contramaestre..."buscar su cosmos, las relaciones más estrechas entre el color que hila desde el pasado y busca rupturas con el futuro. Entre los rincones más insólitos del aire por donde pasan los cóndores, Pantoja encuentra el tema y lo eterniza en pátinas de otro mundo, desdibujando la realidad golpeante externa, la tamiza en esencias..."

Contrapuesta a la ideología de un mundo cada vez más tecnologizado y electrónico, la pintura de Oscar Pantoja desdeña todo afán por el futuro y vuelve su mirada nostágica hacia las viejas acumulaciones de signos desvanecidos, en las cuales palpita aún la presencia sempiterna de la expresión humana. Y en esa aspiración suya a una dimensión transhistórica de eternidad se revela algo de la sensibilidad melancólica de nuestro tiempo, angustiada por la vertiginosa obsolecencia de las cosas y el carácter efímero e irrecuperable de la vida.

Es ese diálogo con la muerte  y la vida, que, como bien lo dijo Edgar Ávila Echazú, nos hacen escuchar las pinturas de Oscar Pantoja. El mismo que a travéz del silencio y el tiempo, iluminó al artista en el templo-ciudad de Tiwanaku, con la revelación de los arcanos de nuestras raíces creadoras.

Es cierto que, como los señaló Juan Carlos Flores Zúñiga..."desde fines de 1948 su obra viene evolucionando desde la atmósfera evocadora de lo ancestral y telúrico del Altiplano, revelada subconscientemente en su pintura anterior, a una no figuración metafísica, del mundo interior"... Pero no es menos cierto que más allá de los cambios que se han operado en su trabajo y de la riqueza y diversidad de sus expresiones, podemos apreciar la notable unidad y coherencia de toda la obra de Pantoja, que no ha cesado de variar y de evolucionar, pero manteniendo una indudable continuidad en su estilo.

Lo que es esencial en su visión del mundo y en su sensibilidad, es algo que permanece. En cualquiera de sus etapas, su pintura trasciende la materialidad de la tela cubierta de colores. No considera al cuadro como un simple objeto concreto, sino como una vía de entrada hacia la inmaterialidad de un mundo imaginario. Y en ese ámbito simbólico de la imaginación, al otro lado de la realidad, Pantoja, como lo afirma Avila Echazú,..."reencontró el mundo de los colores y las evidencias de las paredes y los cielos de La Paz y de la tierra del Altiplano".

En suma, sobre la obra de este famoso pintor boliviano, considerado como una de las grandes figuras de la plástica latinoamericana contemporánea, podemos concluir, compartiendo la opinión de Marta Traba, que es..."de una calidad profunda, de buena pintura, que se alcanza lentamente pero con plena seguridad de lo que se está haciendo".

PERAN ERMINY  (Semana de Húltima Hora, 13 de agosto de 1989)


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