CON
LOS OJOS CERRADOS
Sutil y
profundamente sugerente es la muestra de este pintor boliviano, considerado uno
de los más grandes artistas contemporáneos de América Latina.
Es un tipo
sereno. Oscar Pantoja. Igual que sus cuadros. A los 73 años, está lejos de
todo el cortejo friunfal que forma la generalidad del arte actual. Muy lejos,
difuso, como velado por la sutil niebla cromática con que trabaja. Porque le
temen al exhibicionismo, sus telas se rehusan a tomar una forma concreta e
insisten en su misterio y en la intuición ontológica, con un aura
esencialista.
Su exposición
Sobre ardientes cielos rupestres del sur está abierta en estos días en
la Galería Arte Actual del Centro de Extensión de la Universidad Católica. Es
la segunda vez que expone en Chile, uno de los países americanos donde, su obra
es menos conocida. En el resto del continente no es ningún aparecido:
no por nada es considerado una de las grandes figuras de la plástica
contemporánea.
Impulsado
por su espíritu errante y condicionado por las circunstancias políticas de su
Bolivia natal, Pantoja vivió entre otras capitales, en Ciudad de México
-adonde llegó siendo un pintor figurativo- y en Caracas -donde dejó de serlo.
Para no ser
llamados crípticos o cerrados, sus cuadros exigen del que mira, la libertad de
la fantasía. No conocimientos, ni datos, sino la capacidad de dejarse seducir
por sus gestiones y evocaciones que jamás denominaran unívocamente y que,
más que realidades, parecen recuerdos. O una entrada a la inmaterialidad
de un mundo imaginario.
Del trabajo
de Pantoja se han escrito muchas cosas, a veces en ese estilo hermético que
tanto gusta a algunos críticos. "No se trata de
un simple proceso de personificación en el cual la señal actúa sobre
su escenario pictórico dramatizando el comercio
entre res cogitans y res extens", pero también de una manera más
simple, que no simplista.
El texto que
él prefiere lo escribió el venezolano Peran Herminy en 1989 y hoy continúa
vigente.
"La
idea fascinante y arcaica del palimpsesto, como forma inmemorial de expresión,
infinitamente renaciente e inconclusa, emerge con su mayor densidad y en todo su
vertiginoso espesor, como arrastrada por la fuerza incontenible de una fijación
obsesiva y contagiosa, en la pintura de Oscar Pantoja. Pintura de vastos
silenciosos, de voces muy lejanas, en la que aparecen los ecos remotos de un
pasado que permanece viviente en nuestro mundo. El artista, en la soledad de sus
sueños, sigue los rastros borrosos, y casi
extinguidos, que va dejando en las cumbres y en las ruinas de ciudades
antiguas el paso lentísimo de la eternidad".
-¿Qué
es la señal, que aparece como elemento central del texto que acompaña el catálogo
de su exposición actual?
-En
realidad, no he llegado a entender del todo las palabras de Ricardo Pau-Llosa
(el autor). Yo lo conocí en Caracas hace unos años. Una amiga me llamó y me
dijo: "Oye, aquí hay un señor que quiere conocerte. Dice que tiene tiene
una obra tuya de las primeras, de los años 50".
Eso me intrigó un poco y fui a verlo. Me contó que había habido en
Miami un museo privado de arte moderno, que era de un millonario. Cuando murió,
sus hijos lo vendieron todo, y Pau
compró una tela mía de cuando todavía era figurativo. Inspirada en México.
-¿En los
muralistas?
-No, no, en
Tamayo, que me gustaba mucho. Uno, inconscientemente, va recibiendo cosas, y no
es que me haya avergonzado, pero si reconocí a Tamayo. Por supuesto, había
algo mío también.
-¿Y aun
así no entiende qué es la señal?
-Creo que
nunca he terminado de leer ese texto. Es un poco hermético.
-Es una fórmula
bastante difundida entre algunos críticos de arte.
-Pero también
hay gente extraordinaria. Hace poco apareció en una revista de Buenos Aires,
que se llama Arte al Día, un artículo de un señor
que vio por casualidad una exposición mía en Panamá. El se remite a
Peran Herminy y escribe cosas
hermosas. Y en simple. Habla de la recurrencia de las cosas, de la repetición,
del tiempo que se traga todo para que lo que ya ha desaparecido vuelva a
aparecer y luego vuelva a perderse, pero por eternidades.
-¿Con
eso sí se identifica?
-Si, ahí me
percibo.
-¿Cómo
fue su paso de lo figurativo a lo abstracto?
-De pronto;
simplemente, lo dejé. Supongo que se debió a un contrato muy importante con la
pintura que se estaba haciendo a mediados de los 50 en Caracas y en Nueva York. Era un abstracto casi geométrico, aunque no
en el sentido europeo de esa cosa un poco fría. Lo mío fue más bien el encuentro con un lenguaje propio, que es la
meta de cualquier pintor: hacer algo que responda a sus interiores.
-Pero a
pesar de haber llegado a ser no-figurartivo, yo estoy más cerca del surrealismo
que del abstraccionismo, porque para trabajar me baso en el automatismo puro, es
decir, en la no injerencia de la inteligencia, en el libre y espontáneo brote
de tus cosas. Pintar es casi un acto sonámbulico para mí. Lo hago, podría
decir, cerrando los ojos, pero no los cierrro, claro. Porque lo mío tampoco es
azaroso, ni mucho menos: yo no comparto la idea del caos, ni en la pintura ni en
el arte ni en nada. En lo que hago hay un ordenamiento, una dirección que es
fruto de la inteligencia.
-Y que se
nota en la unidad de su obra?
-Ese es el
lenguaje que se despliega en las diferentes telas. A veces, cuando veo una obra
hecha, terminada, me sucede esto: que al principio me pareció que conseguía
algo algo realmente importante, pero al día siguiente veo el mismo cuadro y se
cae. Entonces, hay que seguir trabajando, hasta que de nuevo sientes que has
conseguido algo. Eso es lo que pasa. Qué más puedo decir.
-¿Por qué
el título: Sobre ardientes cielos rupestres del sur?
-No sé, a
mi el juego de palabras me importa mucho, pero no porque describa o sea alusivo
a la obra; tiene que ver con ella, pero no sé bien de qué manera.
-Tiene un
valor autónomo, entonces.
-Si, y hace
las veces de homenaje. ¿Sabes qué pasa? Que voy recordando mis lecturas, la
fuente de alimentación que para mí, son los libros. Yo quedo impresionado con
algunas cosas que leo y que nunca olvido. Como los soles negros, de Nervald.
Hace poco le puse ese nombre a una serie de pinturas, sin que tuviese nada que
ver con ellas. Al menos en apariencia. También usé alguna vez el asteroide
B-612 de El principito Por Saint -Exupéry. Si nadie sabe lo que es, no importa.
Yo sé.
-Parece
ser buen lector.
-Si, claro,
siempre lo fui.
-¿Y
no escribe?
-A veces.
-¿Qué
cosas?
-Cuentos,
poemas. Nada imponante, a no ser para mí.
-¿Sabe
de dónde le viene lo de ser tan errante?
-Parece que
no puedo permanecer mucho tiempo en la misma ciudad.
Y luego
estuvieron las lecturas. Empecé a leer mucho y conocí a tipos extraordinarios,
como Kafka e lonesco. Y Herman Melville, el autor de esa maravilla que es Moby
Dick. El tiene un cuento breve, que apareció en una colección de la mejor
literatura del mundo dirigida por Borges y Bioy Casares, donde trabaja el
absurdo como nadie. Ellos me abrieron el universo y comencé a abominar de todo
lo que veía en México.
-Y
empacó.
-Pero volví
en los años 50. Yo estaba en Nueva York con mi mujer cuando hubo un golpe de
Estado en Bolivia. A ella le dejaron volver, porque era diputada,
pero a mí no. Estaba calificado como un sujeto terrible de izquierda. Y
me dije: ¿qué hago? Mexico estaba al lado, así que decidí intentarlo. Un amigo
mío, un boliviano exiliado que trabajaba en la universidad, me ofreció
trabajo. Le pedí un día para pensarlo y me fuí al Palacio de Bellas Artes a
ver los Murales de Siqueiros. Por si acaso no eran tan terribles. Yo me acordaba
de una mujer saliendo de un volcán, de unas cadenas, cosas obvias. El jugaba a
impresionar. ¿Y con qué me encuentro? Con lo mismo y aumentado. Entonces llamé
a mi amigo y le propuse un trato: "Yo me quedo si tú te comprometes a
borrar esos murarles". Y me fuí a Caracas.
-¿Por qué
a Caracas?
-Siempre he
estado muy ligado a Caracas. Tanto artística como políticamente. En los 60,
participé en un grupo que se llamaba "El techo de la ballena" era la
epoca del gobierno aparentemente democrático de Rómulo Betancourt
y teníamos una galería de
arte para pintores de afuera, -Matta expuso ahí: el dinero que ganábamos iba a
la guerrilla.
El año
pasado también lo pasé allá, como agregado cultural de la embajada de
Bolivia.
-¿Sólo
un año?
-Es que me
aburrí horriblemente. Y renuncié. Esa no es vida para gente normal.
-¿Qué
fue lo que no le gustó?
-Es que es
una vida tan vacía, tan burocrática.
-¿Y cada
vez que se cambia de país arma una casa?
-No, yo
tengo una casa muy bonita en Tarija, en Bolivia. La hice yo, que también soy
arquitecto. Cuando viajo me quedo en hoteles. O en departamentos amoblados.
Ahora venía llegando de Bogotá, donde he estado muchas veces. Fui al
lanzamiento de un libro sobre arte andino. Yo no sé porqué no invitaron a
Chile.
-Por su
afán independentista, quizá.
-Por eso del
grupo andino. En cualquier caso, no se perdieron mucho, el acto estuvo muy bien,
pero el nivel de la pintura que vi ahí era pésimo.
-¿Obvio?
-Fácil,
comercial.
-Son los
tiempos.
-Sí. son
los tiempos.
Carolina Robino (Revista HOY, Nº 1.096, 27 de julio de 1998)