CRÍTICA
En
Colombia, la empresa Pronal acaba de publicar el libro "Once maestros de la
pintura andina".
El Arte
moderno boliviano tiene en Oscar Pantoja (La Paz, 1929) uno de sus más logrados
exponentes. Su trabajo ha recorrido un derrotero solitario en la pintura andina
puesto que su obra no se ubica fácilmente dentro de las categorías que por
regla general se le asignan al arte de países con una fuerte tradición prehispánica
y con un alto porcentaje de poblacion indígena. Su pintura hizo perceptible
desde el comienzo un propósito poco común de espiritualidad que para la crítica
Marta Traba "parecía oriental, por la sutileza con que eludía cualquier
definición brutal de las formas y cualquier enunciado demasiado rotundo de los
contenidos y que al mismo tiempo parecía europea por la sabiduría secular con
que se elaboraban la técnica, los colores y los espacios".
La misma crítica
sin embargo, precisaría unas líneas después, que este tipo de definiciones es
insuficiente para proyectar el contenido de sus obras porque describe "lo
que son sus cuadros olvidando lo que motiva dichos cuadros" lo cual, según
las palabras del artista "es el tormento, la quietud, el estatismo del
altiplano, la resignada fatalidad", algo que "sólo se siente allá en
Tarija, en Bolivia, bajo cielos y sobre horizontes minerales, pétreos".
LÍRICA
Su trabajo
se ha descrito como "abstraccionismo lírico" debido tanto a su
intención no representativa como a su color. Las pinturas son básicamente
monocromas y de tonalidades suaves, ensoñadoras sugerentes, sin contrastes
radicales, pero con gran injerencia de transparencias, matices y modulaciones.
Su paleta, sin embargo, es muy variada, incluyendo desde el gris, oscuro o
claro, hasta azules, rojos, amarillos y verdes asordinados por la superposición
de una especie de niebla que aplaca sus vibraciones y les otorga una calidad
vaporosa, ingrávida, que los habilita para flotar en el espacio.
Pantoja
aplica el óleo con delicadeza, es decir, sin un ánimo gestual y sin
acumulaciones matéricas que enfaticen la superficie. En sus obras tampoco
existe una distinción entre fondo y sujeto como si para el artista la ausencia
de formas intensificara los significados.
No es extraño por consiguiente, que sus pinturas den la impresión de encuadres
de espacios inconmensurables, ni que todas las áreas de sus lienzos -centro y
borde, arriba y abajo- tengan la misma importancia. Puede decirse que sus
trabajos carecen de un comienzo, una mitad y un fin.
ATMÓSFERA
La propensión
atmosférica de sus pinturas redunda además en ese aire impreciso, inefable,
que si de ocasiones se traduce en una profundidad indeterminada y absorbente,
otras veces paraece avanzar hacia el observador como una broma sutil que deja al
descubierto algunos símbolos arcanos y de contornos indefinidos, pero
evocativos de épocas remotas y que se materializan por medio de colores que
concuerdan con la tonalidad predominante. El carácter recóndito de estos
signos trae a colación la memoria ancestral, y por ende la consideración del
tiempo, del pasado, y de ahí tal vez la melancolía que se avizora en algunas
de sus obras. Pero simultáneamente su índole etérea provoca una consideración
de futuro puesto que la imprecisión de las formas, la evanescencia del color y
la consiguiente inestabilidad de las imágenes produce la impresión de que, al
volverla a mirar, las tonalidades pueden haberse disipado o espesado y que por
lo tanto su imagen puede seguir transformándose indefinidamente, lentamente,
como corresponde con un tiempo que se mide en términos de firmamento.
CONTEMPLACIÓN
La pintura
de Pantoja produce un efecto de calma e incita a la contemplación, a dejar
vagar los ojos tanto por la superficie como por lo que se vislumbra en su
indeterminado trasfondo, pero también transmite una energía espiritual que
inspira un silencioso respeto y que induce a perderse en la introspección, en
la autoconciencia y en consideraciones sobre lo intangible y trascendente. Son
pinturas que podrían calificarse como paisajes espirituales y que proyectan un
recogimiento y una nobleza que embeben y regocijan.
El lirismo
de su obra está en parte determinado por el objetivo inmediato de producir
placer estético más que de plantear verdades concretas, así como por su
orientación hacia los sentimientos y por su regodeo en el misterio y la
placidez de sus campos de color. Pero a pesar de todas las relaciones que se le
puedan encontrar a su trabajo con tendencias abstractas internacionales, su
idioma es sólo suyo, debido a la singularidad de sus experiencias y al fértil
influjo de su cultura, los cuales no se vierten en su producción de manera
preconcebida sino de manera inconciente y espontánea, a medida que el artista
deja fluir sus sentimientos, predilecciones y valores.
ESTETA
Pantoja es
un esteta hasta la médula, y su estética es idealista, capaz de estimular las
imponderables facultades de la fantasía. Así como su pintura es notoriamente
consistente, es también extraordinariamente variada pudiendo afirmarse que en
ella se combinan lo permanente y lo pasajero, lo certero y lo equívoco, lo
sensual y lo espiritual, para generar ideas y emociones que conducen a
consideraciones e interrogantes metafísicos.
Eduardo
Serrano (Presencia, 15 de febrero de 1998)