
Hasta hace algún tiempo la visión que teníamos del arte de los países del altiplano andino correspondía a la imagen convencional y falsa elaborada por un grupo de pintores indigenistas que se decían a sí mismos los representantes de un pretendido “arte americano”.
El desconconocimiento cultural y la falta de contactos entre los países suramericanos contribuye a que parte de nuestro público mantenga aún frente a las manifestaciones artísticas de Bolivia o Ecuador una reserva inexplicable, que carece por otra parte de toda justificación cuando se comprueba dentro de esas naciones la existencia de movimientos de pintura nueva que están a la altura del arte más evolucionado que se hace en Latinoamérica.
La pintura de Oscar Pantoja constituye un rotundo mentís a esa errónea impresión , y no se trata de un caso aislado. Ella es ejemplo significativo de una actitud lúcida frente a la necesidad común a casi todos nosotros de romper las fronteras nacionales para elaborar un lenguaje, un sistema de formas, cuya validez pueda ser aceptada universalmente.
De allí que la invitación formulada por la Galería del Techo a Oscar Pantoja responde no sólo al deseo de dar a conocer las últimas experiencias de un pintor que no sólo ha recibido el reconocimiento en exposiciones internacionales, sino también a la intención de crear afinidades y nexos que puedan propiciar una más amplia comunicación entre artistas de varios países.
Oscar Pantoja ha expuesto ya en tres ocasiones en Caracas. Sin embargo, en ningún momento su obra se nos muestra tan segura y densa en sus resultados como en la fase por la cual atraviesa ahora. Sus series de óleos y lacas del período actual profundizan aún más en el clima interior, en la atmósfera poética que logra en cada cuadro, poniendo en juego recursos específicamente plásticos, ajenos a cualquier otra consideración extraña.
Por un proceso exigente de elaboración subjetiva de la materia, Pantoja convierte el lenguaje de la abstracción informal en un sistema propio de auto revelación, en el que el resultado obtenido se nos presenta en su punto de mayor poder comunicativo. Sus cuadros resultan así formas inconscientes e inefables de un paisaje transmutado en visión interior, aproximaciones a una realidad que no se deja reconocer sino cuando la buscamos en el espíritu de la materia y no en las apariencias visibles.
No será difícil para el espectador encontrar en el arte de Pantoja sugerencias de carácter geológico, una relación visual con elementos del paisaje grandioso y solitario donde se levantó el pintor; referencias de contenido emocional, ni accesorias ni accidentales, que a despecho de no ser buscadas intencionalmente por el artista, dan a esta obra un aliento, un matiz particularmente americano que la diferencia del trabajo de otros artistas empeñados en búsquedas análogas.
GALERÍA DEL
TECHO (CARACAS, VENEZUELA – 9 AL 21 DE MAYO DE 1965)